|
Isla Grande de Cara al Caribe
Eva Aguilar
La Prensa de Panamá -
Cuando Lloyd Smith estuvo por primera vez en Isla Grande hace 30 años, para llegar allí había que subirse a un bote en Portobelo y remar un gran trecho. Según cuenta este economista panameño, quien entonces era un universitario que quedó fascinado con la belleza del lugar, en aquellos días no había carretera que llegara frente a la isla, ni botes con motor fuera de borda, ni letrinas y mucho menos electricidad. Los isleños vivían de la pesca y del comercio de cocos que mantenían con Colombia. Los habitantes formaban una sociedad de subsistencia, con un ritmo de vida básico y lento, pero que parecía funcionarles a la perfección.
No había hoteles y por lo tanto, nadie viajaba a la isla en plan turístico. Smith recuerda que el primer lugar de alojamiento que hubo, fue construido por un estadounidense que ya había hecho el intento de establecer un hotel en San Blas. Sin embargo, tuvo problemas con los indígenas de la comarca y emigró a Isla Grande, donde llevó la primera planta de electricidad. De eso hace ya 28 años y lógicamente en Isla Grande, un lugar casi paradisíaco en plena costa atlántica de Colón y a más de dos horas de Panamá, las cosas han cambiado mucho.
Para llegar desde la ciudad, hoy por hoy-algún día habrá autopista-se toma la carretera Transístmica y después se gira a la derecha hacia el camino que lleva a Portobelo. Una vez pasado este distrito histórico que se encuentra en franca decadencia-pero al que se llega por una carretera en perfecto estado-, se entra en un camino pedregoso que lleva a La Guaira, pequeño poblado ubicado en tierra firma frente a la isla, desde el que un bote con motor lleva a los visitantes hasta los muelles o directamente a la playa del lado sur.
Isla Grande es un sitio codiciado por aficionados al buceo recreativo y al surf, que rebosa de gente los fines de semana, carnavales, Semana Santa, fiestas patrias y en cualquier otra fecha del calendario en que los días libres se acumulen.
En la parte sur de la isla se congregan todos los lugares de servicio a los visitantes: restaurantes, tiendas de abastos, un hotel y cabañas cuyas habitaciones son básicamente cuadriculadas y cuentan con lo elemental para pasar allí unas cuantas noches. Pues bien, hace varios años, Smith, quien es el propietario de una villa de color rosado y blanco que se ve en la punta oeste, y tiene los derechos de posesión de una gran parte del norte de la isla - Isla Grande está dentro del Parque Nacional Portobelo, por lo que no se otorgan propiedades sino derechos de posesión-, decidió salirse del molde y se arriesgó a construir un hotel como nunca ha habido otro en el lugar.
La labor llevó dos años y hoy, en la parte norte de Isla Grande, alejado del bullicio y de las grandes masas, se levanta el Bananas Village Resort, un hotel de cabañas triangulares pintadas con un color amarillo tenue, que desde el mar, es apenas visible entre la frondosidad de las palmeras.
Smith decidió ubicar el resort en otra playa, "no tan buena como la del pueblo", admite, pero que, al ser menos accesible, goza de mayor privacidad y es apropiada para el tipo de estructura que deseaba edificar.
En cuestiones de diseño y arquitectura, el propietario del Bananas pasó por alto el factor económico y el práctico. "Muchas veces se sacrifica lo estético por lo práctico y lo económico", dice Smith. "Así es que en este caso pueden acusarme de poco práctico y de no haber tomado consideraciones económicas, pero me di el gusto de hacer un hotel como yo quería".
Casado y sin hijos, construyó el resort inspirándose en lugares de alojamiento del Caribe que están concebidos para parejas. "Quería crear la atmósfera que a mí en particular me gusta disfrutar: un ambiente tranquilo, desconectado de teléfonos, con comida tipo gourmet, por lo que he tratado de evitar las mesas de buffet o comida masiva que sacrifican la calidad".
Pero ser 'el chico nuevo del pueblo', el más bonito y lujoso, no es algo que esté resultando fácil ni totalmente rentable; por lo menos, por el momento. Desde que abrió el pasado mes de febrero, el Bananas Village Resort recibe la mayor cantidad de personas durante los fines de semana, mientras que el resto de los días puede permanecer sin ningún visitante.
"Me he puesto en un dilema; y es que para que mi hotel tenga la posibilidad de ser rentable, tiene que tener un alto grado de ocupación y en Panamá la tradición es salir solo los fines de semana". El economista es consciente de que la gente que vive en el país siempre buscará los lugares más económicos y para que un hotel como el suyo prospere, es necesario atraer turistas del extranjero que vienen a Panamá en plan de vacaciones.
En estos momentos Smith ha construido la primera etapa del hotel que consta de habitaciones con baño incluido, balcón, sin televisión ni teléfono; un restaurante al aire libre y piscina, al tiempo que ofrece opciones de recreación y deporte, como clases de kajac, aeróbicos y caminatas al pueblo. Además, como atractivo cultural de esta zona del Caribe, se acerca al hotel un grupo de isleños a bailar los tradicionales congos. Smith tiene pensado ampliar las alternativas de entretenimiento y aumentar el número de habitaciones; pero antes, ciertas cosas deben ocurrir.
"El turismo panameño ha sido siempre producto del comercio y las personas se quedan solo el tiempo que duran los negocios. Para que pasemos a la segunda etapa, algo tiene que pasar en mi hotel en particular y en el turismo panameño en general, es decir, tiene que empezar a llegar el turismo vacacional".
Sin embargo, a su modo de ver, si esto no ocurre todavía es porque Panamá, a pesar de tener una naturaleza exhuberante, no cuenta con las instalaciones suficientes para brindar un nivel más alto de comodidad en cuanto al turismo ecológico y de playa.
"Es un círculo vicioso: el turismo no viene porque no hay facilidades y no se crean las facilidades porque no hay turismo. Entonces se requiere de algunos locos, entre los que me incluyo, que den el primer paso sabiendo que van a tener que sufrir las consecuencias de la falta de mercado, porque en realidad, primero hay que crearlo".
Y así, con Isla Grande como una de las pocas opciones que tiene Panamá de cara al Caribe, donde las aguas son más tranquilas que en el Pacífico y el turismo tiene tradicionalmente un estilo más refinado, ciertamente el Bananas se convierte en una elección viable para quien busque comodidad y categoría; sol, playa y tranquilidad.
Siguiente Artículo>
|